Monólogo de Enrique Pinti
¡Qué rabietas, qué disgustos, qué frustración, qué sensación de ser un cero a la izquierda y no poder acceder al mundo y sus placeres!
Así pensaba yo, sin poder expresarlo de esta manera, cuando tenía cinco o seis años y tenía que acostarme tempranomientras los adultos gozaban del placerde la sobremesa, el programa de radio favorito y la copita de anís o de whisky.
Eran tiempos duros; se avecinaban el colegio con sus horarios y deberes. El fatídico reloj despertador iba a sonar a las… ¡seis y media de la mañana! Y me iba a arrancar de las tibias sábanas para arrojarme a la niebla matinal de los crudos inviernos. Llegaban épocas de guardapolvo blanco, polvo de tiza y sólo tres miserables meses de vacaciones. ¡Un horror!
Ese “horror” iba a convertirse en dulce añoranza de tiempos felices cuando llegaran los tormentos de la adolescencia: sentirse incomprendido por un mundo absurdo, estar en la mitad de todo, haber perdido el candor de la niñez y no poder alcanzar todavía losderechos del adulto, granos por doquier, estirones súbitos, modificaciones glandulares, y escuchar la voz de los mayores, entre despectiva y preocupada: “Estás en la edad del pavo”.
Picnics de primavera frustrados por la lluvia, las materias espantosas del secundario, franeleos de zaguán y una insatisfacción general conpicos de euforia y desencantos afectivos por los cuales el mundo se venía abajo. Estado caótico que pasaría a ser otro dulce recuerdo del divino tesoro que, año tras año, perdíamos sin darnos cuenta.
Llegaban los veinte y los veinte y pico, y entonces el mundo adulto irrumpía con sus obligaciones, definiciones y golpes. Perdíamos a los mayores. La muerte era todavía la muerte de los otros, pero ya aparecía como lo inevitable, lo fatal, lo que algún día -muy lejano- nos iba a pasar.
Vocación, carrera, familia, trabajo, jefes, subalternos, amigos y enemigos, matrimonios, convivencias que iban reemplazando la pasión por el compañerismo, el sexo por la caricia y el cuerpito gentil de la pareja por rollos, adiposidades y arruguitas aquí y allá.
Pero no importaba. ¡Había tanto para hacer! ¡Venían los hijos, las noches en vela mientras el nene y la nena berreaban con la intensidad sonora de un Pavarotti, pero sin su afinación!. ¡Los dientes! ¡Las diarreas y sarampiones! ¡Y ver en sus caras nuestras antiguas broncas por ser chicos y tener que aceptar límites, escuelas y exámenes!
Y, como quien no quiere la cosa, la crisis de los cuarenta, esa sensación ambivalente de sentirse pleno y al mismo tiempo con “el pescado sin vender”.
Las únicas palabras esperanzadas te las dicen los de sesenta y pico:“Sos un pichón todavía, es la mejor edad, sobre todo hoy en día, con tantos adelantos en la medicina preventiva; ojalá nosotros, en nuestra época, hubiéramos tenido esas posibilidades”.
Y cuando llegan los sesenta y pico, un menú variado de achaques y nanas se precipitan sobre cuerpo y alma a pesar de los adelantos de la medicina preventiva; la muerte ya no es sólo la de los otros y los balances de vida a veces no cierran como uno quisiera.
Pero como Dios aprieta pero no ahorca, llegan los nietos como mensajeros celestiales de aquella niñez que queríamos abandonar rápidamente.
Ellos son iguales a nosotros, más iguales que nuestros propios hijos, porque pueden hacer causa común con nosotros, ya vejetes, en lo que significa sentirse marginados e incomprendidos.
Después de los setenta, no sé. Este geronte que escribe sólo llegó a los sesenta y cinco. Pero supongo que todo será más o menos igual que en todas las edades.
Si hemos sabido salvar del torrente de las pasiones, las manías, las obsesiones y las neurosis un cachito de ideales, ilusiones y sueños, no será tan difícil recordar lo pasado y vivir lo presente.
Siempre y cuando nuestra inteligencia nos haya permitido atesorar no dólares y sí muchos y verdaderos amigos, parejas, hijos, nietos (propios o ajenos) para que cada brindis de cumpleaños tenga sentido!
Grande Pinti!!!
ResponderEliminarLa crisis de los 40 trae esos quebraderos de cabeza, que a veces llegan a quebrar hasta los matrimonios más sólidos.... Mejorar la comunicación, aprender a comunicar, y no solo hacer monólogos por turnos!!!! Esa es la clave
Viki
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